Buena reseña de Richard Sennett

Publicado en Uncategorized el Noviembre 14, 2009 por El lobo estepario

Leyendo el otro día una publicación web, Rebelion.org-ciertamente bastante de izquierda, pero es sabido que yo voy hasta el infierno en busca de pensamientos que me parezcan interesantes- encontré un artículo en el que, curiosamente, se definía como de izquierdas a un autor que yo tengo como conservador, precisamente c …asi por las mismas razones por las que yo lo tengo como conservador. Ello no es más que una muestra de la ceguera y las anteojeras ideológicas que existen entre las personas que defienden -no la izquierda mainstream- la justicia social, y los conservadores que defendemos un principio de civilización. Al fin y al cabo, podemos coincidir en la defensa de una concertación social, una solidaridad social, un orden, opuesto al actual desorden, tanto moral como cultural o económico. Un desorden civilizatorio, en fin. Sólo bastaría sabernos acercar los unos a los otros. He aquí el enlace al artículo, en el que, cosa criticable, ya desde el titulo hay una voluntad de apropiarse del pensador en cuestión, Richard Sennett, más que una voluntad de respetarlo y compartirlo, al definirlo, precisamente, como “Un referente clave para la izquierda real”:
 
(Subrayo precisamente esas mismas razones)
 

Reseña de El artesano, de Richard Sennett
Un referente clave para la izquierda real
Uno de los grandes ensayistas sobre la sociedad contemporánea es, sin duda, el sociólogo Richard Sennett, nacido en Chicago el año 1943. Forma parte de lo que podríamos llamar la sociología crítica, que sin perder su base empírica se arriesga a definirse sobre los temas que aborda. Es, por otra parte, un pensador de izquierdas bastante inclasificable, radical en la medida que buscar el fondo de las cuestiones y cuestiona los tópicos convencionales, vengan de donde vengan. Resulta especialmente interesante la manera como reflexiona hoy, después de casi cincuenta años, sobre su experiencia juvenil de militancia en la Nueva izquierda. Años de madurez y reflexión personal, así como de desarrollo del capitalismo, son el material para este análisis.
En El declive del hombre público (traducción de Gerardo di Maso) analizaba de manera certera e implacable la influencia de los movimientos juveniles contestatarios de los años 60, a los que él había pertenecido. De esta manera la espontaneidad, la sinceridad, la personalidad, la creatividad aparecían como signos de un proceso que en nombre de la defensa de lo privado estaban destruyendo el espacio público y empujando las relaciones sociales hacia una deriva narcisista. El tema lo redondeó Sennett con otros textos de la misma época como Vida urbana e identidad personal (traducción de Josep Rovira) y Narcisismo y cultura moderna ( traducción de Jorge Fibla).
Posteriormente desarrolló un proyecto muy interesante sobre la cultura del hombre moderno en tres libros titulados La corrosión del carácter, El respeto y La cultura del nuevo capitalismo . Esta tríada me parece imprescindible para entender la cultura del tardocapitalismo globalizador.
En La corrosión del carácter (traducido por Daniel Dajmías) nos presenta la transformación interna que produce los nuevos métodos de gestión del capitalismo (precareidad, cambio, incertidumbre). La estructura del carácter (basado en la lealtad, el compromiso, la solidez) se diluye unos supuestos valores (flexibilidad, fluidez, novedad) que acaba produciendo angustia e inestabilidad interna en los trabajadores.
En El respeto (traducido por Marco Aurelio Galmarini ) Sennett parte de recuerdos personales, en este estilo tan propio, para profundizar lo que significa el respeto en una sociedad basada en la desigualdad. Reflexiona sobre el tema del talento, que continuará en los dos libros posteriores en una investigación extraordinariamente fecunda. Y también sobre la incompatibilidad entre respeto y dependencia.
Finalmente La cultura del nuevo capitalismo (traducido también por Marco Aurelio Galmarini) plantea un análisis de la cultura del capitalismo, muy complementario con el de otro grande de la sociología crítica, Zygmund Baumann. Reflexiones muy certeras sobre la burocracia y el capitalismo en relación con el capitalismo. Y también propuestas sobre las que merece la pena reflexionar. La primera es sobre la necesaria reinvención de los sindicatos como una red social de ayuda, más allá de las derivas corporativas. La segunda es la búsqueda de experiencias de empleo compartido. La tercera es la renta básica. Las tres cuestiones son polémicas, sin duda, entre la propia izquierda. Pero vale la pena pensarlas porque justamente lo más necesita la izquierda hoy son propuestas concretas.
Ahora Sennett nos presenta un nuevo proyecto, igualmente elaborado en una tríada de libros, que tiene un carácter complementario con las reflexiones anteriores. Lo que ahora aborda es la cultura material y no el tema de los valores, las actitudes y las conductas, como había hecho ante riormente. Los tres libros son El artesano, Guerreros y sacerdotes y El extranjero, títulos algo desconcertantes pero que Sennett justifica lúcidamente en el prólogo. No deja de resultar curioso que el título del prólogo sea “El hombre como creador de sí mismo”. No será un implícito homenaje a su antiguo y malogrado amigo Michael Foucault, que dedicó la última parte de su obra al tema ? Tanto Sennett como Foucault, desde perspectivas y tradiciones diferentes, representan lo que éste último llamaba “la ontología del presente”. Lugar en el que la sociología cualitativa y la filosofía mundana pueden encontrase en un espacio crítico muy útil para diagnosticar el tiempo en que vivimos y que podría abrir un horizonte en la superación de lo que Wallernstein llama la escisión de la dos culturas, la filosófica y la científica.
Lo que plantea este libro es un elogio del trabajo manual con un estatuto de dignidad propia, en una línea de progreso orientada por la satisfacción del trabajo bien hecho. Pero Sennett combina el sentido restringido de la palabra artesanía con otro más amplio ya que como dice en el prólogo abarca también el trabajo de educar, de ser un ciudadano comprometido, de la paternidad… En el fondo, nos dice, la artesanía responde a un impulso ético de hacer bien las cosas que consideramos importantes. De esta forma introducimos una forma de espiritualidad en la viuda material que se concreta en lo práctico, en lo cotidiano. Y aunque de esta manera podríamos remontarnos a Marx en su reivindicación de la filosofía transformadora y no contemplativa, la tradición que reivindica Sennett, viejo luchador de la izquierda, no es ésta sino la del pragmatismo. Y no sólo reivindica a los clásicos de esta tradición ( James, Pierce, Dewey) sino a otros más actuales como Richard Rorty. Y lo hace a partir de una noción que a mí me parece clave, la de experiencia, que me parece la puerta adecuada para superar el relativismo epistemológico sin caer en el planteamientos dogmáticos.
La artesanía, para Sennett, se basa en la habilidad, en el juicio y en el compromiso. Genera una disciplina que cristaliza en el hábito y la rutina, y aquí reivindica este término como algo que puede ser vivo y rico y no necesariamente pobre y aburrido como solemos pensar. Seguimos así en la misma línea de reivindicación, con alegría y sin complejos, de la lealtad, la disciplina y la autoridad como valores ilustrados que debe reivindicar la izquierda. Porque si aceptamos la hipótesis de que la Modernidad se mueve en la dialéctica entre ilustración y romanticismo es evidente que Sennett defiende la primera opción y desconfía profundamente de la segunda, cosa que le lleva a no utilizar el término creatividad por las connotaciones románticas que tiene. Podríamos decir que Sennett es un crítico radical de lo que Baumann llama la modernidad líquida.
Los análisis de Sennett son siempre sugerentes y brillantes, aunque en ocasiones sólo sean conjeturas y se permita una cierta dispersión por el gusto de entrar en cuestiones asociadas que no tiene tiempo ni espacio para profundizar. Algunos de ellos he de reconocer que tienen mucha gracia, como las referencias al sabio taoista Zhuang Zhi o al tiro al arco en la tradición del budismo zen.
La marca de izquierdas de Sennett aparece sobre todo en dos cuestiones. La primera es en su defensa sin fisuras de la cooperación en contra del individualismo competitivo, al que desmonta como uno de los mitos que supuestamente garantizan su eficacia. La segunda es su larga y profunda reflexión sobre la habilidad y la capacidad como algo básico y común en todos los humanos. Aquí continua con una elaboración teórica muy interesante que ya había inciado en su libro anterior, “La cultura del nuevo capitalismo”. Para Sennett hay que combatir intensamente la moderna ideología de la predestinación que adquiere la forma de determinismo genético y defensa de la excelencia de unos pocos. Lo que hay que buscar, nos plantea siguiendo lo ya planteado por Amaryrta Sen, es el desarrollo de las capacidades de todos los humanos y la competencia para gobernarse a sí mismo y participar en el gobierno de la sociedad en la que vivimos. Veo aquí un buen complemento de las teorías de la democracia radical de Rancière y de Castoriadis.
La habilidad manual, para volver al tema más específico del libro, depende de la motivación y del aprendizaje, ya que la torpeza no es genética sino resultado de la poca estimulación en edades tempranas. Sennett desprecia el elitismo y desconfía del perfeccionismo, por lo que acaba el libro con el buen consejo de que la figura mitológica de Hefeso cojo, orgulloso de su trabajo aunque no de sí mismo, representa el tipo más digno de persona a la que podemos aspirar. la propuesta pasa por el trabajo propio y por la manera como nos creamos a nosotros mismos. Nos aceptamos como algo imperfecto, aprendemos de las dificultades y no caemos en las trampas del narcisismo, tan actual como devastador. Pero no nos engañemos, es una propuesta ética y no estética. Hay que evitar la frustración del obseso perfeccionista que no acepta sus fallos, así como la del competidor compulsivo que no sabe perder. Siguiendo el modelo del viejo artesano el sabio Sennett nos sugiere, con firmeza pero sin paternalismo, que aprendamos de nuestros fallos para mejorar en lo que realmente cuenta, que es el oficio de vivir.
El artesano, de Richard Sennett
(Traducido por Marco Aurelio Galmarini)
Ed. Anagrama, Barcelona, 2009
363 páginas

Artículo de Paul Krugman en NY Times

Publicado en Uncategorized el Noviembre 14, 2009 por El lobo estepario

Ahora, cuando, según pareciera leyendo los medios de derecha, la solución a la crisis pasa por una reforma del mercado de trabajo que, aunque se niegue, consiste, en las fórmulas de algunos, en abaratar y facilitar los despidos, es importante traer a colación un artículo de Paul Krugman, en NY Times, en el que se compara el caso de Estados Unidos, donde también ha habido una sustancial subida del paro, con Alemania, concluyéndose, precisamente, que son las políticas más protectoras del trabajo en Alemania las responsables de que en este país casi no aumentase la tasa de paro. No se puede decir que Paul Krugman, aunque sea una personalidad crítica, sea nadie especialmente “peligroso”. Es cierto que en España el despido aún es más caro que en la mayoría de los países europeos. No me atravería a decir si más caro que en Alemania, no me alcanza la memoria, pero yo creo que sí. Pero en esos países el gasto social, la protección social, es mucho mayor. Y el empleo, además, no es el empleo precario propio de la hostelería o la construcción. En todo caso, no creo que haya que avanzar necesariamente hacia un despido más barato. Quizás sí contemplar casos concretos, en casos de pérdidas o empresas con más dificultades, pero hacerlo en general lleva a acentuar las situaciones de que una empresa con beneficios deslocalice o despida en búsqueda de un margen todavía mayor. Por supuesto, las empresas deben buscar su propio beneficio, pero, desde una comprensión holística de la sociedad, este no puede ser, desde luego, un principio absoluto. Quizás, además, sería también interesante evitar la situación de dependencia en que la pequeña y mediana empresa se halla respecto de la grande. Potenciar la producción local, el comercio local, dar poder a los ayuntamientos para impedir la presencia de grandes superficies, o un control democrático del urbanismo y las obras públicas, serían caminos para ello. A continuación (en inglés) el artículo de Paul Krugman:
 
Free to lose, Paul Krugman
 
Consider, for a moment, a tale of two countries. Both have suffered a severe recession and lost jobs as a result — but not on the same scale. In Country A, employment has fallen more than 5 percent, and the unemployment rate has more than doubled. In Country B, employment has fallen only half a percent, and unemployment is only slightly higher than it was before the crisis.
Don’t you think Country A might have something to learn from Country B?
This story isn’t hypothetical. Country A is the United States, where stocks are up, G.D.P. is rising, but the terrible employment situation just keeps getting worse. Country B is Germany, which took a hit to its G.D.P. when world trade collapsed, but has been remarkably successful at avoiding mass job losses. Germany’s jobs miracle hasn’t received much attention in this country — but it’s real, it’s striking, and it raises serious questions about whether the U.S. government is doing the right things to fight unemployment.
Here in America, the philosophy behind jobs policy can be summarized as “if you grow it, they will come.” That is, we don’t really have a jobs policy: we have a G.D.P. policy. The theory is that by stimulating overall spending we can make G.D.P. grow faster, and this will induce companies to stop firing and resume hiring.
The alternative would be policies that address the job issue more directly. We could, for example, have New-Deal-style employment programs. Perhaps such a thing is politically impossible now — Glenn Beck would describe anything like the Works Progress Administration as a plan to recruit pro-Obama brownshirts — but we should note, for the record, that at their peak, the W.P.A. and the Civilian Conservation Corps employed millions of Americans, at relatively low cost to the budget.
Alternatively, or in addition, we could have policies that support private-sector employment. Such policies could range from labor rules that discourage firing to financial incentives for companies that either add workers or reduce hours to avoid layoffs.
And that’s what the Germans have done. Germany came into the Great Recession with strong employment protection legislation. This has been supplemented with a “short-time work scheme,” which provides subsidies to employers who reduce workers’ hours rather than laying them off. These measures didn’t prevent a nasty recession, but Germany got through the recession with remarkably few job losses.
Should America be trying anything along these lines? In a recent interview in The Washington Post, Lawrence Summers, the Obama administration’s highest-ranking economist, was dismissive: “It may be desirable to have a given amount of work shared among more people. But that’s not as desirable as expanding the total amount of work.” True. But we are not, in fact, expanding the total amount of work — and Congress doesn’t seem willing to spend enough on stimulus to change that unfortunate fact. So shouldn’t we be considering other measures, if only as a stopgap?
Now, the usual objection to European-style employment policies is that they’re bad for long-run growth — that protecting jobs and encouraging work-sharing makes companies in expanding sectors less likely to hire and reduces the incentives for workers to move to more productive occupations. And in normal times there’s something to be said for American-style “free to lose” labor markets, in which employers can fire workers at will but also face few barriers to new hiring.
But these aren’t normal times. Right now, workers who lose their jobs aren’t moving to the jobs of the future; they’re entering the ranks of the unemployed and staying there. Long-term unemployment is already at its highest levels since the 1930s, and it’s still on the rise.
And long-term unemployment inflicts long-term damage. Workers who have been out of a job for too long often find it hard to get back into the labor market even when conditions improve. And there are hidden costs, too — not least for children, who suffer physically and emotionally when their parents spend months or years unemployed.
So it’s time to try something different.
Just to be clear, I believe that a large enough conventional stimulus would do the trick. But since that doesn’t seem to be in the cards, we need to talk about cheaper alternatives that address the job problem directly. Should we introduce an employment tax credit, like the one proposed by the Economic Policy Institute? Should we introduce the German-style job-sharing subsidy proposed by the Center for Economic Policy Research? Both are worthy of consideration.
The point is that we need to start doing something more than, and different from, what we’re already doing. And the experience of other countries suggests that it’s time for a policy that explicitly and directly targets job creation.

El interesante discurso de David Cameron, y una reseña en Burke’s Corner

Publicado en Uncategorized el Noviembre 14, 2009 por El lobo estepario

He leído el discurso de David Cameron, el candidato tory a ocupar el cargo de primer ministro en Gran Bretaña. Creo que es un discurso interesante. Aún cuando se rechaza el tamaño excesivo del Estado británico, dice que un Estado pequeño tampoco es la solución. Hay importantes problemas sociales de pobreza o injusticia … social, y deben resolverse, pero quizás la iniciativa social, la descentralización -y la intervención del Estado cuando sean problemas que conciernan a un ámbito más extenso- sean la solución. Propugna un modelo social no basado en el individualismo sino en los lazos sociales, según sus propias palabras, en las virtudes de “responsabilidad, mutualismo y obligación”. Quienes en España se dicen conservadores, quienes están instalados en el modelo neocon -o neoliberal que, no siendo el mismo, sí tiene importantes coincidencias, sobre todo en política exterior o política económica- podrían pasar de Thatcher y Bush a Cameron. Incluso podrían seguir algún modelo propio. Incluso podrían atreverse realmente a ser conservadores, escépticos, comunitarios. A continuación link al discurso de David Cameron, que ha traído cola en Reino Unido, y a la reseña que Burke’s Corner, una interesante bitácora conservadora que sigo con frecuencia, hace del mismo.

Discurso de Cameron

Reseña en Burke’s Corner

Entonces, ¿a quién amar?

Publicado en Uncategorized el Septiembre 15, 2009 por El lobo estepario

Si no amamos

a los cercanos,

entonces,

¿a quién amar?

Si el ideal

de una humanidad imposible

nos hace prejuzgar al vecino

o exasperar

ante la opinión

del familiar, del amigo,

si el deseo

de una justicia perfecta

nos lleva

a ser perfectamente injustos,

si sueños

de comunidades imposibles

nos aislan

y nos vuelven solos, solitarios,

entonces

¿a quién amar?

Los prójimos

son más que los próximos

pero son los próximos

los primeros prójimos.

El palacio encantado (sobre el Palacio de Cristal, de El Retiro)

Publicado en Uncategorized el Septiembre 10, 2009 por El lobo estepario

Dedicado a un palacio que me hizo siempre soñar

Se recrea, bajo su

armazón de hierro,

una atmósfera mágica,

donde parecen

estar a punto de bailar,

o haber recién bailado,

una serie de fantasmales

bailarines, indiferentes,

como venidos de otros tiempos,

de un tiempo

de palacios y de hadas.

Los caballeros

unen sus manos

a las de las damas,

mientras que, en los delicados

reflejos de la luz,

se esconden hadas del fuego,

y son sus bellas vidrieras

ríos de ninfas acuáticas.

Permanece, de día,

el misterio latente, atisbado,

sin manifestarse, pero quizás,

de noche, mientras duerme

una ciudad fatigada,

bailan allí una hermosa

princesa, de cuento,

y el caballero

que la rescató del dragón.

Las orillas

Publicado en Uncategorized el Septiembre 6, 2009 por El lobo estepario

Estoy ya cansado

de quienes quieren

que acceda a su orilla,

sólo porque alguna vez

paseé por ella,

o porque buscan allí

la compañía de un poblado

que quizás sea de caníbales,

de quienes creen entender

señales que yo no hago

e ignoran los mensajes

que lanzo en botellas,

sólo para perderse.

Yo sólo busco la amistad

de quienes pueden encontrase en alta mar,

sin forzarse,

y pueden allí contarse

emocionantes aventuras,

y conocerse el uno al otro,

en una búsqueda repleta

de nuevos hallazgos.

A los demás pido sólo

silencio, ser olvidado,

no deseo

negarme a mí mismo,

pero también que recuerden

que, en el infortunio,

pueden contar con mi playa,

mi cabaña  y mi pesca.

Detâchement

Publicado en Uncategorized el Septiembre 6, 2009 por El lobo estepario

Hay quien piensa, lo sé por conversaciones, que me interesa comunicar unas ideas, o incluso “cambiar el mundo” (como si yo me dedicara a cantar “we’re the world, we’re the people, hay que fastidiarse) pero, sinceramente, ya estoy mucho más allá de todo ello, o mucho más acá, si por acá entendemos nuestro núcleo íntimo. No me interesa entrar en trifulcas ni en debates de actualidad -eso se lo dejo a los tertulianos que, pese a contar, en casi todos los casos, con un CI inferior, digamos, a 50, mucha gente, para frustración de quien tenga una mínima inteligencia o una mínima sensibilidad cultural, considera como los astros del periodismo español- que no me suscitan ningún interés, en todo caso una inmensa tristeza. No, yo ya sólo estoy por mantener la ilusión de una cierta independencia, y la independencia requiere de saber conquistar la propia soledad, porque los grupos de amigos, aunque no tengan una intencionalidad política, sí tienen muchas veces, por distintas razones, una adscripción ideológica determinada, o un modo determinado de entender el modo y la vida, y uno no desea verse arrastrado por nadie, uno está cansado de oir a la gente que debe ser como ellos, o de fingir ser como ellos, sin derecho a una propia opinión o a una propia personalidad, o a la expresión de las mismas.

Pequeño diccionario personal, I (continuación)

Publicado en Uncategorized el Septiembre 6, 2009 por El lobo estepario

Y puede haber habido quien podría haber sido un gran autor o pensador, pero la desconfianza de quienes le rodeaban, el tener los atisbos de su genialidad por excentricidades, le haya hecho quedarse en una posición secundaria, no ya ni siquiera la de los autores o pensadores menores, sino la del profesor de Universidad típico, es decir, la de la glosa o el comentario académico -y muchas veces sin conexión con nada fuera de lo académico- sometido a formulario. Seguro que todos tenemos en mente alguna persona que podría haber dado mucho más de sí, y que no lo ha dado, no ya por pereza, sino por conformidad con unos métodos y unas normas, que, al final, le han llevado a convertir su pensamiento, no en un acto de creación, sino en un sistema de procesamiento totalmente previsible.

Esa, la presión de los próximos, es, además, la presión más dura. Es una presión que nos envuelve, que nos hace interpretar lo que se nos dice como lo natural, al ser lo que nos rodea, que no se presenta como censura, sino como muestras de preocupación, que va acompañada por gestos de cariño o amistad. Yo creo que ninguna censura es superior a la presión conjuntamente ejercida de una madre, una mujer amada y un mejor amigo. Si todos estos, evidentemente sin mala intención -de modo, además, que resultaría injusto y grosero afearles su actitud, podría ser casi un crimen- inciden en el mismo sentido, el gran pensador, el gran autor, no sólo tiene que ser una gran inteligencia, ni un gran espíritu, sino también un gran carácter. Pensemos lo que puede conseguir una mujer en el lecho, una madre que nos recuerde que fuimos niños, y un amigo con sus consejor y confidencias. Sumémoslos. Por necesidad, el resultado es el de una terrible apisonadora.

Recuerdo, a este respecto, un pensamiento de Papini, en el que este especulaba sobre si las más grandes obras no fueron aquellas jamás escritas, y los más grandes creadores, más allá de los que tenemos por gigantes, aquellos que concibieron tal obra que no encontraron las palabras para darla a la luz.

Pequeño diccionario personal, I (en continuación de la nota anterior)

Publicado en Uncategorized el Septiembre 5, 2009 por El lobo estepario

Primera aproximación:

Pequeños autores, pequeños pensadores: Aquellos que saben (sabemos) expresar lo que piensan, lo que sienten, y que saben pensar y sentir con honestidad, y comprender las cosas con una cierta inteligencia.

Grandes autores, grandes pensadores: Aquellos que no sólo saben expresar lo que piensan, sino que van más allá de lo que piensan.

Segunda aproximación:

Sin embargo, por la misma razón de que los grandes autores, los grandes pensadores, van más allá de lo que piensan, pueden parecer para sus contemporáneos, cuando el más allá al que apuntan aún no se ha definido, como vacilantes, torpes, difusos, en fin, como gente que no conoce el don de la expresión, como autores o pensadores pésimos. Por ello, el gran autor, el gran pensador, suele ir a la contra de su tiempo, y suele ser ignorado. En unos casos, hasta que se abre camino, en otros casos hasta después de su muerte, en otros hasta que pasan generaciones, y en unos últimos casos, nunca, y quedan sólo como precedentes, entre exóticos y curiosos, de lo que se logra después de muchas generaciones de trabajo. Nacen adelantados a su tiempo, no sólo en el sentido de que vayan más allá de su tiempo, sino en el sentido de que su tiempo ni siquiera puede seguir las huellas por las que ellos van, y pasan demasiadas generaciones para que se les pueda considerar como precursores inmediatos. Hay en ellos algo que ellos mismos no saben lo que es.

Tercera aproximación: 

¿Cómo distinguir entonces entre un autor o pensador mediocre o adocenado, que no sabe expresar lo que piensa porque no tiene pensamiento propio, y se limita a ir a la estela de los demás, de aquellos autores o pensadores que no saben expresar lo que piensan porque van más allá de ellos mismos? Posiblemente, sea una cuestión de disciplina. El mediocre, creyéndose grande, se niega a situarse en la tradición, de modo que produce realidades vacuas, que no parten de ningún sitio. El verdaderamente grande aprecia el valor de la tradición de lo hecho, y hace avanzar la tradición. La tradición debe entenderse como un cauce, como el cauce por el que discurre y germina un legado, no como una idea estática.

Cuarta aproximación:

Ahora bien, esto no es tan sencillo como parece. ¿Qué sucede cuándo el gran pensador o autor pierde el hilo de la tradición, porque siente que esta no va hasta donde él quiere ir? Entonces se pierde en el camino, independientemente de que pueda crear alguna realidad concreta brillante o genial, chispa de un fuego que no ha sido debidamente alimentado. Es un caso trágico, donde una grandeza tropieza, no contra los elementos, a los que podría haber vencido, sino contra ella misma, pero aún siendo un caso trágico queda la grandeza. La grandeza y la mediocridad son estados que, en ningún caso, pueden compararse. Además, el grande, generalmente, suele reconocer su papel como representante, continuador, y transformador, de la tradición (que es, al mismo tiempo, el cauce y el legado).

Quinta aproximación:

Todo ello no niega para que los pensadores y autores menores no puedan (podamos) ser creativos. Evidentemente, si se ha recibido una educación dentro de la tradición, a partir de ahí somos nosotros mismos, con todo el sustrato y con toda la enseñanza que nos dan quiens nos precedieron. Ninguno, por circunstancias muy distintas, somos iguales, así que nuestra sensibilidad no podrá ser la misma. Además, nos situamos dentro de un tiempo distinto al de ayer, así que, en una grado mayor o menor, en una escala más grande o más pequeña (y, sin embargo, hay una escala demasiado grande, aquella que busca la dominación y la racionalización técnica-pragmática del mundo, que niega el mismo ritmo de la tradición, o la misma realidad de la tradición como proceso histórico autónomo, y que manifiesta autonomía por parte de quienes la legan y de quienes la continuan), introduciremos nuevas realidades que ayer no existían.

La propia sensibilidad

Publicado en Uncategorized el Septiembre 5, 2009 por El lobo estepario

He presentado un poemario a varios premios literarios. Ahora bien, cuando comparo mis poesías con las poesías de anteriores ganadores de esos premios, tengo una curiosa sensación. Muchas veces, no todas, que leo las poesías de los demás, me parecen mejores que las mías, y que he de mejorar mucho las mías antes de poder legítimamente compararlas. Ahora bien, cuando leo mis poesías, aunque, evidentemente, sigo pensando que debo mejorarlas mucho, no se me ocurre de qué otro modo decir yo lo que digo en ellas. Y si subrayo en negrita lo de yo es porque, si bien no soy creyente en el relativismo epistemológico, sí estoy convencido de que, en literatura, aunque evidentemente hayan cosas feas y cosas bellas, el yo influye muchísimo -más, es determinante- en el tratamiento de un tema. Es más, la misma sensación, el mismo pensamiento, ni se recibe ni se expresa del mismo modo por la misma persona, hasta el punto de que se puede decir que son una sensación o un pensamiento distinto.

 

Así pues, independientemente del hecho de que otros sean objetivamente mejores -este hecho siempre es cierto- no se puede decir “Si escribiese como ellos, escribiría mejores poemas” por el mero hecho de que, si escribiese como ellos, estaría produciendo una falsificación, y no otra cosa. Quiero decir, la línea de mejora no se halla en parecerse a, aunque evidentemente podemos -y debemos- aprender de, sino en perfeccionar el propio estilo, el propio modo. Ahora bien, ¿cómo ver la perfección en el propio estilo, en el propio modo? Una buena respuesta sería por las cosas que somos capaces de decir, o por la sutilidad con que somos capaces de medir esas cosas. Ahora bien, siendo consciente de que me falta mucho por mejorar, y por aprender, y si bien hay cosas que aún no sé decir en un poema, casi todo aquello sobre lo que puedo pensar, e incluso la mayoría de lo que puedo sentir, creo que lo puedo decir razonablemente bien. Sí es cierto que hay muchas veces en que debo reescribir algo. Por eso, por aquí he colgado algunos poemas malos, que yo sé que están incompletos, que son imperfectos, y que debo mejorar mucho.

 

Creo, en todo caso, de modo general, que, si algo no lo digo mejor, es porque no lo puedo pensar mejor, o porque nuestro modo de sentir está necesariamente contaminado de impurezas. Quizás, pues, además de leer, y de tratar de escribir, deba tratar de educarme espiritualmente, sentimentalmente. La educación sentimental es algo que muchas veces se limita o ajusta a los primeros tramos de nuestra biografía, y si puede ser que sea entonces cuando más capaz sea de torcernos, o de hacernos crecer debidamente, por lo tierno que aún está el barro, este ajuste, sin más, es algo falso. En todo caso, no es sólo qué se dice, ni cómo se dice, sino a qué ritmo se dice. El ritmo puede parecer algo secundario, pero la métrica no deja de ser el ritmo de un poema -¿es lento? ¿es rápido? ¿dónde colocamos las pausas?- y, muy posiblemente, un mismo poema, que coincida palabra por palabra, como por coma, en una disposición métrica puede decir mucho, y en otra distinta no decir nada, pero ¿por ello mismo, no es también la métrica muy dependiente de cómo queremos nosotros decir las cosas? Mediante la métrica, ¿no resaltamos las palabras, distribuimos los silencios, unimos unos significantes con otros, o los separamos? En fin, complicada cuestión, en efecto, la de cómo perfeccionar el propio estilo sin que este deje de ser un estilo propio.

 

Y lo mismo me sucede en los relatos. Un amigo, lleno de buena voluntad, al leer varios de ellos -de muy distinto tema- me dijo que eran demasiado inocentes, en su escenificación, de una inocencia que tendía a la pedantería. En fin, los temas no eran propiamente inocentes, sin ser buscadamente malvados, pero reconozco que, en la escenificación, había algo elitista: ambientes aristocráticos, ambientes cosmopolitas de principios del XX, reinos fanfásticos, cenáculos intelectuales. Él me achacaba que, aunque en esos mundos pudiese darse la tragedia, eran mundos resguardados. Y, sin embargo, yo, ni pretendo crear una literatura pedante, cargada de perifrasis verbales -es más, mi forma de escribir, aunque tienda a la ensoñación o al detâchement, es bastante sencilla, cualquier persona con una mínima cultura puede leerla de un tirón- ni una literatura de tomar el té, como criticaba Pla de J. Benavente en la famosa entrevista hecha por Soler Serrano. No, pretendo dar a todo lo que escribo un sentido, pretendo que sea una interrogación o, en más raros casos, una respuesta, pretendo dar forma al mundo. Pero, eso sí, reconozco que siempre pretendo también alejarme de la vulgaridad, que yo no podría escribir temas sobre borrachos, o sobre pandillas urbanas, o parecidos, aún siendo consciente de que temas parecidos alumbraron muchas creaciones de algunos de mis faros literarios, como Rimbaud, Baudelaire, o Barbey d’Aurevilly. Soy consciente de que, mi aristocraticismo, literario o vital, puede alejar, pero, ¿he de cambiar por ello de actitud, si creo que es la correcta, la que busca lo Bello y lo Bueno?

 

Curiosamente, lo propio tiene dos sentidos, que posiblemente sean necesarios el uno al otro, lo propio como proper, en lo que los británicos son tan especialistas, o eran tan especialistas, y lo propio como lo que corresponde a uno mismo. ¿No será, pues, el remedio, que lo propio tienda a lo proper, entendiendo lo proper en un sentido en absoluto superficial?