Miércoles, 25 de Mayo de 2011

Publicado en Uncategorized el mayo 25, 2011 por El lobo estepario

La nueva película de Kathryn Bigelow

Kathryn Bigelow, que ya, con The Hurt Locker, hizo una película que fue criticada por su pro-imperialismo, planea rodar una sobre Bin Laden. Dice la directora que una película sobre ese tema, con la muerte de Bin Laden, tendría más vigencia que nunca. Creo que todos podemos esperar el resultado.

http://www.guardian.co.uk/film/2011/may/25/kathryn-bigelow-bin-laden-film

Peter Singer rectifica su posición ante la religión, aunque poco

De cómo un utilitarista moral como Peter Singer se da cuenta de lo limitado de su posición frente a una ética que sostenga principios morales objetivos

http://www.guardian.co.uk/commentisfree/belief/2011/may/25/peter-singer-utilitarianism-climate-change

Primera Ejecutiva socialista

La inopia del Partido Socialista, Salvador López Arnal en rebelion.org

Principios de una ética conservadora

Publicado en Uncategorized el mayo 25, 2011 por El lobo estepario
  1. El valor de las cosas concretas no se agota con el valor de uso (marxista) o el valor de cambio (liberal) que tengan atribuido, sino que tienen un valor por su propia existencia. El racionalismo utilitario (ya sea para obtener bienes económicos, ya sea para multiplicar el provecho), la dominación del mundo, no puede, por tanto, responder de la realidad, aunque, en un mundo donde la técnica pasa a ser criterio general, y todo esta medido, censado, controlado, el racionalismo utilitario sea capaz de abarcar el conjunto del planeta y de las relaciones sociales, siempre se le escapará la interioridad de las cosas. Lo absurdo del orden racionalista se revela, además, por islotes que siempre se escaparán a su deseo de dominio, como el sueño, la poesía o el fantasma.

  2. A pesar de que la postmodernidad haya puesto esto en duda, hay cosas bellas, y cosas que no son bellas. También, de un modo aparentemente contradictorio, se podría decir que, en la generalidad de las cosas, hay un elemento, reconocible, que tiende hacia lo bello, y un elemento, igualmente reconocible, que no tiende hacia lo bello, y que puede incluso tender hacia lo feo o sordido. La belleza, en todo caso, es reconocible. Pero, como dice Nicolás Gómez Dávila, las cosas más importantes se pueden mostrar, pero no demostrar, posiblemente porque están en un ámbito nuestro previo, anterior lógicamente, a la capacidad de racionalización. Puedo reconocer lo bello del Partenón, o de un jeroglífico egipcio, o de un palacio renacentista, o del modernismo de entre-siglos, o puedo reconocer cómo todo ello tiende hacia la belleza, aunque sea desde perspectivas muy distintas. No puedo reconocer como bello un urinario o un excremento, aunque me lo envuelvan con escolástica.

  3. Valiendo las cosas por sí mismas, el hombre no debería entender que tiene un natural y legítimo derecho a ser dueño y usofructuario de ellas, sean cosas artificiales o cosas naturales. La actitud ante las cosas debe ser siempre la de aquel que recibe un regalo, la de aquel que se sorprende siempre. En caso contrario, dejamos de valorar la materialidad del mundo, y llegamos a un idealismo centrado sobre nosotros mismos.

  4. El hombre se pierde por la hybris, el deseo de tener más, de controlar más, de ser más rico, de recibir más goce. Los placeres terminan por amortiguarse, el hombre termina por perder el control de sí mismo, las mismas cosas que, por ser gozosas para nosotros, debiéramos evaluar más, terminan despreciadas, porque sólo importa la rueda que gira y gira. Sobre la perdición por la hybris, en el modo, además, más noble posible de perdición (y, por tanto, todavía más ilustrativo de otros modos mucho más vulgares) ver Stefan Zweig, “La lucha contra el demonio”. La hybris supone el desorden. Muchos ordenes, como el sistema socio-económico y socio-político actual, pretendiendo ser ordenes, son regímenes anárquicos, ya que la injusticia generalizada es anarquía, por el desvanecimiento de cualquier criterio de ordenación. Utópicos hijos de la Revolución, hija a su vez de la hybris.

  5. El hombre reconoce en otro hombre lo que le es común, su común naturaleza humana, más allá de cualquier otra cualidad. Incluso del monstruo reconocemos su naturaleza humana: nos sorprende que alguien con naturaleza humana haya podido descender un abismo, muchas veces porque se ha creído ser un ángel. Reconocer en un hombre a un hombre requiere saber que no podemos tratar a un hombre como si no fuera un hombre. Aún cuando una ideología igualitaria tienda a hacer esto, por negar la diversidad propia de la libertad del hombre, una ideología que no parta de un principio mínimo de equidad tiende también a hacer esto. Un ejemplo de falta de equidad es hacer recaer una crisis económica grave sobre la gente del común, y no sobre sus principales causantes.

  6. No debería ser el objetivo de nadie hacer un mundo mejor. Casi todos los males que encontramos actualmente parten precisamente de la idea de hacer un mundo mejor. Debería ser nuestro objetivo, en cambio, dejar de hacer el daño que efectivamente hacemos, como individuos y como sociedad. El libre mercado, nacido de una utopía decimonónica de mundo mejor, trae radicales desigualdades económicas y un capitalismo desenfrenado. La utopía de los derechos humanos de raíz liberal ha desencadenado las peores guerras de los últimos años, desde la intervención en Kosovo, causando siempre más daño del llamado a evitar. Los Estados Unidos, que se arrogaban ser los defensores universales del hombre libre, causaron durante la guerra fría más muertos que cualquier régimen totalitario durante la Segunda Guerra Mundial.

  7. Se debe valorar y apreciar la tradición no por lo que no es -la imagen de un mundo estancado, anquilosado, estático, disecado- sino por lo que es, un cauce de decantación y metamorfosis de los legados históricos. La tradición es soberanía en cuanto auto-determinación. Nosotros decidimos quien somos, qué elementos absorbemos del extranjero, cuáles mantenemos, cuáles transformamos, cuales recuperamos. Como dijo Chesterton, la tradición es el pueblo. La tradición es el vivir del pueblo. El vivir cotidiano del pueblo, no las fiestas parroquiales. La tradición no son tampoco las elites históricas, más que en cuanto el pueblo aprecie el liderazgo y ejemplo de tales elites (para lo cual, claro, tales elites deberían ser susceptibles de ser admiradas). Si no hay pueblo, no hay tradición. La cultura de masas sustituye a la cultura popular, que vertebra al pueblo, y acaba con la existencia del pueblo.

  8. El hombre necesita para vivir del arraigo. Necesita sentirse de algún lugar. El ciudadano del mundo es sólo aquel que no es ciudadano. El ciudadano del mundo es, por tanto, de algún modo, un paria. (¿Son las elites mundialistas parias? Probablemente sí, aunque quizás sería mejor llamarles renegados, porque, con excepción de su condición de elite, han renegado de todo lo que son.) Aunque emigremos, sabemos dónde está nuestro hogar. Ciertas condiciones son funcionales a mantener el arraigo, condiciones que se están destruyendo, como un hogar heredado de padres a hijos -si es posible una casa, pequeña o grande, según sean las posibilidades, con su jardín o corral, no una celdilla en un edificio de apartamentos, o el tener como referente vital el mismo lugar que por referente vital nuestros padres.

    Determinantes como un mercado de trabajo que promueva grandes movilizaciones de mano de obra, o el hecho de que haya que optar, por el precio de la viviendo, entre hipóteca y alquiler, son, claro, factores que imposibilitan ese mismo arraigo.

  9. Tradición y arraigo son libertad. Nos preparan un suelo nutricio y sobre el que podemos reposar confiadamente para poder después elegir qué camino queremos tomar. La tabula rasa del existencialismo sartriano, pese a quien pese, no es, en ningún caso, libertad ya que, el que está abierto a todos los actos, tendrá la primera influencia recibida como determinante, siendo esclavizado por la misma. Entretanto, no teniendo razones para obrar de un modo o de otro, estará el hombre imposibilitado de acción.

  10. Es conservador no aquel que apuesta por conservar sus privilegios, sino aquel que apuesta con la conservación de la comunidad y la vida. Por injusticia se destruye la comunidad. La vida no sólo requiere de aquellas condiciones biológicamente necesarias para que alguien no esté muerto, sino de aquellas cosas que hacen la vida digna de ser vivida. Amistad, cultura, tranquilidad, esparcimiento, confianza, auto-estima.

Gustavo Martín Garzo, sobre libertad e igualdad

Publicado en Uncategorized el mayo 21, 2011 por El lobo estepario

Aunque todavía no he leído ninguna de sus novelas -aunque tengo la intención de hacerlo, y estoy seguro de que las disfrutaré mucho, pero es el sino del lector no saber cuál será el próximo libro que abra entre los muchos que quisiera leer- sí sigo los artículos de opinión o de crítica literaria que escribe el autor en El País, uno de los periódicos que repaso diariamente. Recomiendo mucho, por mi experiencia, la lectura de los artículos de Martín Garzo. Es alguien que tiene siempre algo interesante que decir, y cuyo pensamiento no suele recaer en lugares comunes. Hoy ha escrito un artículo criticando a Jorge Moragas, uno de los altos cargos populares (si no recuerdo mal, diplomático de carrera). Lo que decía Jorge Moragas es que hubo una época en que el prefería la igualdad a la libertad pero que, como si se hubiese tratado de un sarampión juvenil, cambió rápidamente y que ahora prefería la libertad. Según dice Martín Garzo, Jorge Moragas hizo esa afirmación hace más o menos un mes, lo cual me lleva a la conclusión de que el señor Moragas no es el culmen de la originalidad, porque recuerdo que, cuando yo todavía era un entusiasta militante del PP -ahora rozo por lo bajo la treintena y me empecé a desengañar de ese partido cuando tenía 22 ó 23 años- dijo exactamente la misma frase. El señor Moragas, por tanto, no parece tener un pensamiento político demasiado cambiante, lo cual puede interpretarse bien o mal, según se entienda que es un zelote sin capacidad de evolución o que es un hombre de sólidos principios y firmes convicciones. La respuesta de Martín Garzo es que hay personas, como de hecho, sucede, que se hallan en una situación material o de desventaja en la cual preferirían sentirse un poco más iguales, un poco más seguros, aunque ello significara ser también un poco menos libres. Sabedor de que tanto la libertad como la igualdad tienen sus peligros, si se llevan hasta la hipérbole, Martín Garzo propone lo que vendría a ser una vía media, la de la fraternidad, la del reconocimiento en todo hombre de un prójimo, de alguien igual a sí mismo.

Hasta aquí todo bien. En esta pequeña disputa estoy muy de acuerdo con Martín Garzo. Sólo que creo que se le escapa algo. No es algo que vaya a dar, desde luego, razón a Moragas. De hecho, es algo que incluso puede zapar más las bases sobre las que se sustenta su afirmación autobiográfica. Yo no me opongo al actual régimen económico porque prefiera la igualdad a la libertad. De hecho, posiblemente sea un defecto, sospecho de la igualdad, aunque aprecio y valoro mucho la fraternidad. Yo me opongo al actual régimen económico porque no respeta mi libertad. El que el poder económico disponga de tanta capacidad de influir y condicionar la vida social, precisamente, condiciona mi libertad, porque me obliga a actuar de un modo determinado, cuando quizás yo quisiera actuar de otro. Quien se ve obligado a mudarse cientos de kilómetros, por ejemplo, porque su empresa le obliga y él, a su vez, está obligado a continuar en dicha empresa si quiera que sus ojos coman, claramente ve condicionada su libertad. El estudiante que quisiera estudiar una carrera de sólidos contenidos humanísticos pero no puede porque la Universidad está cada vez más obligada a cumplir los requisitos que las empresas dicten, que no son precisamente de pensamiento crítico o humanístico, también ve condicionada su libertad. También quien gusta de pasear por un determinado paraje rústico, o algún rincón urbano, y ve cómo dichos paraje o rincón son transformados, no sé, en algún centro comercial, que rompe totalmente la vida de un barrio, pero que interesa a los que siempre cuentan. Así, muchos casos.

Isaiah Berlin hablaba de libertad negativa -la no interferencia de los demás en mi vida, que sería la libertad liberal- y positiva -la libertad republicana, que se traduciría en la capacidad de participar en el gobierno. Son decisiones, sin embargo, entrelazadas. Si no se dispone de la positiva, de la capacidad de auto-gobierno, mal se podrá hacer respetar la libertad negativa. Si no se dispone de libertad negativa, la positiva estará siempre condicionada por los deseos de otro. Pero la libertad negativa es más amplia que la teoría liberal. De hecho, la teoría liberal no contempla ninguno de los anteriores casos de privación de la libertad. Como se basa en un mercado de competencia imperfecta, dichos casos no están provocados por nadie en concreto, sino por el juego libre del mercado, y son simplemente circunstancias de la vida. ¿Pero hay, verdaderamente, libre juego del mercado? ¿Cabe dar toda la libertad a los mercados cuando los mercados están de hecho dominados por determinados poderes? Los mercados es sólo una denominación abstracta que oculta nombres y apellidos propios. En la actualidad no disponemos de libertad positiva -porque el bipartidismo, que es casi un monopartidismo, es un mero gestor, un Consejo de Administración del capitalismo en la terminología marxiana, y nuestro voto casi casi da igual- ni de libertad negativa -porque los poderes de los que ya se ha hablado intervienen activamente sobre nuestras vidas. Ni siquiera, por supuesto, en el caso de mercados perfectos sería sano dejar nuestra libertad negativa al mercado, porque sería cambiarla por una bolsa de oro, pero, desde luego, mucho menos cuando los mercados no son, en verdad libres. Contra esta doble privación, de libertad positiva y de libertad negativa, es que se han levantado estos días los jóvenes y los mayores de este país, así como en meses previos se levantaron, aunque quizás no con la misma radicalidad -por radicalidad no entiendo nada negativo, acudo a la vieja definición según la cual lo radical es lo perteneciente a la raíz, en este caso, lo que aborda los problemas desde la raíz- en otros países europeos.

Dos Mayos muy diferentes

Publicado en Uncategorized el mayo 21, 2011 por El lobo estepario

He leído en medios de prensa o en Facebook vinculaciones de las jornadas de Mayo con Mayo del 68. No podría haber comparación más errónea. Es cierto que ambos fenómenos comparten un fondo de rebelión, pero, cuando comparamos ambos fenómenos en relación con la moral común, la common decency -presente, de distinto modo, en la obra de Orwell, de Pasolini (piénsese en los Escritos Corsarios), o de, en francés, Albert Camus, y que ha sido recuperada posteriormente por Bruce Bégout, Simon Leys, Jean-Claude Michéa o Bernard Crick, en su importante estudio sobre Orwell- no pueden resultar más contrapuestos. ¿Qué es eso de la moral común? Ni Orwell, ni Camus, ni Pasolini, ni Michéa ni ninguno de los citados puede considerarse como un autor reaccionario, ni como un autor anti-político (de hecho, uno de los trabajos más importantes de Bernard Crick lleva el título de En defensa de la política). Pasolini, Orwell y Camus, no puede olvidarse, participaron, tanto como intelectuales, como de un modo más “práctico” (cómo si la participación intelectual no fuese de por sí un modo práctico, cuánta razón tienen quienes alegan que no hay una diferenciación clara y tajante entre teoría y praxis) en política. Pero todos ellos, dando respuesta a la pregunta sobre la moral común, desconfían de la moral del político -tanto más de las ideologías, de los partidos- como de la moral del hombre de negocios, y, frente a ambos, que sostienen una visión de la realidad alejada de los problemas y vivencias del hombre común, reclaman la moral de ese hombre común.

En un intento quizás demasiado idealista -pero no por ello menos certero- entienden que el hombre común, aún viciado, indefectiblemente -y aún con esos vicios, y, en parte, precisamente, por esos vicios, que hacen imposible cualquier tentación de angelismo- por los mecanismos del mercado y de la política, por la lucha por la supervivencia, por los egoísmos particulares, es capaz -frente al homo economicus o al cabecilla político- de mirar a otro hombre y ver, en él, a un semejante, a alguien a quien le une un vínculo común de fraternidad. No es preciso que sean iguales -de hecho, la manía por la igualdad perfecta, por la indiferenciación, por la tabula rasa- no es más que otra ideología que sustrae al hombre común de su propio ser- pero sí son igualmente hombres. Hay entre ellos un vínculo de comunidad por el cual no pueden tratarse como si no fuesen hombres y por el cual se genera entre ellos un mundo común que apuestan, desde ese momento, por mantener. El reconocimiento de la comunidad, la generosidad, el dialogo, la no voluntad de dominar forman, pues, partes fundamentales de esa moral del hombre común, frente al lider de partido o el mandarín intelectual, que sólo espera atraerlos a sus filas para venderlos después al mejor postor, o al capitán de industria, que piensa que sería feliz en un mundo donde todo se valorase según su valor de cambio, esto, es su precio, y no por su valor de uso, mucho menos por atributos que puedan estar por encima de cualquier tipo de utilidad, por lo menos en un sentido estrecho de dicha palabra.

Es, precisamente, por esa moral común por la que apuestan los jóvenes -y no tan jóvenes, pues hay gente de todas las edades- que llenan estos días las plazas y las calles de nuestras ciudades, apuestan. Su apuesta desconfía de los políticos, sobre todo de los políticos que forman los dos gemelos partidos principales, cuyo discurso les parece cada vez más ajeno a la realidad que ellos viven, pero no por ello deja de ser una apuesta fundamentalmente política, política en su esencia. Buscan el renacer del espacio público -precisamente el lugar donde la política se realiza, sobre esto ha escrito Hannah Arendt- del poder público -frente a los dos grandes partidos, que no sirven de contrapeso al poder económico, que están cooptados por él, que no son sino cara y cruz de la misma moneda- y buscan hacer todo eso sobre la base de la refundación de la polis sobre la única base posible, la idea de comunidad. No rechazan la vida común, la moral común, todo aquello que les acerca a las gentes del común, sino que es esa moral y esa vida las que quieren restaurar. En el sentido más noble de la palabra, más auténtico, son conservadores, porque pretenden restaurar y conservar el legado de una cultura, una ciudadanía y una idea de comunidad que han sido casi borrados por las fuerzas del mercado. Lo que se está viviendo estos días no es una revolución, sino que es, precisamente, un intento de resistencia frente a un régimen político-económico que es revolucionario precisamente porque quiere la subversión de todos los valores. Basta leer el Calígula de Camus para aprender sobre lo subversivo de la tiranía y lo tiránico de la subversión. Tanto la tiranía como la subversión quieren alcanzar lo que es imposible porque está fuera del alcance humano, porque no es humano, quieren, por tanto, meter al hombre en un lecho de Procusto para formarle no como es, sino como ellos quisieran que fuera.

Una de las frases más elocuentes, maravilloso aforismo, que han surgido estos días, y que explican las concentraciones es aquel de “No somos antisistema, es el sistema el que está contra nosotros”. Es lo que el otro día explicaba también en Radio Nacional una oyente, Cristina, cuyas sabias palabras han recorrido Internet como un reguero de pólvora. No pretenden una subversión gratuita, porque sí, frente a algo que se pueda identificar como orden, sino que, frente al desorden, frente a la tiranía, frente a la subversión, pretenden un orden en el que se sienten tratados como hombres. (Como mujeres y como hombres, si se quiere.) Sus reclamaciones no son utópicas. La juventud actual, frente a lo que se pensaba, no es amorfa ni pasota -si acaso, sí nihilista, por buenas razones- sino más bien rebelde, pero rebelde en un sentido que entronca con Marshall Berman, con Walter Benjamin o con Günther Anders. No es revolucionaria ni utópica. La revolución y la utopía, la subversión de todo valor concreto, ya la traen ellos, los poderosos, ya la trae el neoliberalismo. Lo que pretenden, por contra, es echar el freno, y recuperar la vida.

Frente a la juventud del 15 de Mayo, la juventud de Mayo del 68 sí pretendía un alejamiento de la vida común. Una moral hedonista que les alejara de los lazos con el hombre de la calle. Esta es una crítica que ya hace Pasolini en sus Escritos corsarios. Adoptan, dice, una particular vestimenta, un particular peinado, porque quieren ser distintos de todos los demás hombres, quieren repudiar cualquier idea de legado común. Tachan la tradición legada de necesariamente machista, patriarcal, racista, clasista. Desprecian al hombre común frente al que albergan un sentimiento de superioridad. Es cierto que aceleran el camino hacia la igualdad entre el hombre y la mujer, pero ése es un camino que ya se estaba recorriendo. Es cierto que su propio hedonismo les lleva a una crítica de la civilización industrial, pero terminan descubriendo que esa civilización industrial puede perfectamente dar respuesta a ese hedonismo alimentando el consumo. En el Mayo francés los obreros, habituados a una tradición de larga y dura lucha por sus derechos, terminan hartos de los que califican como señoritos. Se alistan en partidos de izquierda, pero son los responsables de convertir el socialismo -que es cierto que ya no es que fuese demasiado reivindicativo cuando ellos se unieron- en social-liberalismo, eso sí, muy feminista, muy anti-racista e, incluso, como si se viviesen tiempos pasados, anti-fascista. Con la crítica al paternalismo, al machismo o su guerra a la diferenciación cultural, disolvieron los últimos vínculos que servían de obstáculo al capitalismo. Fuero utópicos, para después poder seguir a ciegas por la senda del utópico neoliberalismo, o las ilusiones, siempre falsas, del intervencionismo humanitario. No, no hay nada por lo que declararse herederos de aquella generación, que es la que convirtió el mundo en un lugar inhóspito y distópico. Toda recuperación de vida y comunidad ha de partir de una crítica de raíz de la herencia del 68

Nada en absoluto, por lo tanto, tiene que ver los dos Mayos, más allá de caer en el mismo mes del año.

Sábado, 21 de Mayo del 2011

Publicado en Uncategorized el mayo 21, 2011 por El lobo estepario

¿Por qué no ha mencionado Obama a Arabia Saudí?

Obama no mencionó en su discurso sobre Oriente Próximo el nombre Arabia Saudí. Para Pepe Escobar, en Asia Times, esa no fue una omisión inocente. La falta de crítica a Arabia Saudí, dice, es el pivote sobre el que hay que entender dicho discurso y la política estadounidense en la zona.

http://www.atimes.com/atimes/Middle_East/ME21Ak01.html

Reseña en el New York Times de The Anatomy of Influence, libro de Harold Bloom recientemente publicado

http://www.nytimes.com/2011/05/22/books/review/book-review-the-anatomy-of-influence-by-harold-bloom.html?_r=1&ref=books&pagewanted=all

Bob Dylan en El País

Diego A. Manrique y Juan Villoro escriben en El País sobre Bob Dylan, con ocasión de la gira que está realizando por los Estados Unidos, frecuentando los escenarios más extraños, como circos, reservas indias o Universidades, donde, cuenta Diego A. Manrique no se le presta, curiosamente, demasiada atención.

La incomprensión de la clase política

Ante las protestas del 15-M y días sucesivos los políticos, tal y como escribe Angeles Díez en Rebelión, se muestran impotentes para comprender nada.

http://rebelion.org/noticia.php?id=128835

La biblioteca de Carl Schmitt
Catálogo básico, aunque no completo, en vías de actualización, de la biblioteca del jurista alemán Carl Schmitt.

http://www.carl-schmitt.de/download/biblio-cs.pdf

Malalay Joya sobre Afganistán

Entrevista en Counterpunch a Malalay Joya. Malalay Joya es una activista de los derechos humanos afgana, opuesta tanto a la ocupación norteamericana como a los talibanes. Malalay Joya fue el único miembro femenino de la Loya Jirga, de la que fue expulsada por criticar a los señores de la guerra que la componían, y que la siguen componiendo.

http://www.counterpunch.org/zlutnick05202011.html

Isaac Rosa, “Reflexiona pero en silencio”

El filósofo español Amador Fernández-Savater intenta comprender, en un texto a modo de crónica, el movimiento del 15 de Mayo.

Recuperar la soberanía

Publicado en Uncategorized el mayo 21, 2011 por El lobo estepario

Uno de los rasgos más importantes de las protestas del 15-M es el de la recuperación de la soberanía. El Domingo 23, hay que tener en cuenta el peso de las mayorías silenciosas, es posible que no varíen mucho los resultados de las elecciones, pero se ha dado ya un paso del que no se puede retroceder. Las gentes del común han hablado. Frente a un espacio público cada vez más exiguo y cada vez más ocupado por el capital, que era, y sigue siendo, el que toma las decisiones, se ha constatado que la democracia no es sino el poder de decisión del pueblo. En este sentido, son ridículas las disquisiciones sobre si las protestas son legales o no son legales, o por qué no interviene la policía. La ley es válida, idealmente, en cuando producto del consenso. Por supuesto, eso no siempre se da así, ni se espera que siempre se de así. La democracia se da en el mundo real, no en el mundo de las ideas, y hay que tener una cierta mentalidad pragmática. Pero el punto al que se ha llegado es al punto en que los intereses instituidos, a través de dos partidos tan semejantes que fuerzan incluso a hablar de monopartidismo, no ya de bipartidismo, monopolizan el poder legislativo, con independencia de la voluntad del común. Así pues, ya no es que el consenso no sea todo lo perfecto que se quisiera que fuese, sino que las leyes no nacen del consenso, sino de la imposición, de la fuerza, y no son leyes, no son Derecho, sino que son sólo el derecho del más fuerte. Así pues, no habiendo leyes se llega al estado previo, al estado de decisión, de decisión sobre lo que es ley o no es ley. La soberanía, recuerda la vieja lección de Karl Schmitt, es el poder sobre el estado de excepción. Y en ese vacío que es el estado de excepción previo a la ley es que las gentes del común dan un paso adelante y se aprestan a retomar de nuevo la soberanía. Por eso, la cuestión sobre si puede haber protestas, o sobre si puede haber protestas el día previo, el tan mentado día de reflexión, no es una cuestión de leguleyos, ni siquiera una cuestión de orden público, sino una cuestión política, en el sentido más político de la palabra política, de configuración de qué sea la polis. ¡Silencio!, el pueblo toma la palabra.

Buena reseña de Richard Sennett

Publicado en Uncategorized el noviembre 14, 2009 por El lobo estepario

Leyendo el otro día una publicación web, Rebelion.org-ciertamente bastante de izquierda, pero es sabido que yo voy hasta el infierno en busca de pensamientos que me parezcan interesantes- encontré un artículo en el que, curiosamente, se definía como de izquierdas a un autor que yo tengo como conservador, precisamente c …asi por las mismas razones por las que yo lo tengo como conservador. Ello no es más que una muestra de la ceguera y las anteojeras ideológicas que existen entre las personas que defienden -no la izquierda mainstream- la justicia social, y los conservadores que defendemos un principio de civilización. Al fin y al cabo, podemos coincidir en la defensa de una concertación social, una solidaridad social, un orden, opuesto al actual desorden, tanto moral como cultural o económico. Un desorden civilizatorio, en fin. Sólo bastaría sabernos acercar los unos a los otros. He aquí el enlace al artículo, en el que, cosa criticable, ya desde el titulo hay una voluntad de apropiarse del pensador en cuestión, Richard Sennett, más que una voluntad de respetarlo y compartirlo, al definirlo, precisamente, como “Un referente clave para la izquierda real”:
 
(Subrayo precisamente esas mismas razones)
 

Reseña de El artesano, de Richard Sennett
Un referente clave para la izquierda real
Uno de los grandes ensayistas sobre la sociedad contemporánea es, sin duda, el sociólogo Richard Sennett, nacido en Chicago el año 1943. Forma parte de lo que podríamos llamar la sociología crítica, que sin perder su base empírica se arriesga a definirse sobre los temas que aborda. Es, por otra parte, un pensador de izquierdas bastante inclasificable, radical en la medida que buscar el fondo de las cuestiones y cuestiona los tópicos convencionales, vengan de donde vengan. Resulta especialmente interesante la manera como reflexiona hoy, después de casi cincuenta años, sobre su experiencia juvenil de militancia en la Nueva izquierda. Años de madurez y reflexión personal, así como de desarrollo del capitalismo, son el material para este análisis.
En El declive del hombre público (traducción de Gerardo di Maso) analizaba de manera certera e implacable la influencia de los movimientos juveniles contestatarios de los años 60, a los que él había pertenecido. De esta manera la espontaneidad, la sinceridad, la personalidad, la creatividad aparecían como signos de un proceso que en nombre de la defensa de lo privado estaban destruyendo el espacio público y empujando las relaciones sociales hacia una deriva narcisista. El tema lo redondeó Sennett con otros textos de la misma época como Vida urbana e identidad personal (traducción de Josep Rovira) y Narcisismo y cultura moderna ( traducción de Jorge Fibla).
Posteriormente desarrolló un proyecto muy interesante sobre la cultura del hombre moderno en tres libros titulados La corrosión del carácter, El respeto y La cultura del nuevo capitalismo . Esta tríada me parece imprescindible para entender la cultura del tardocapitalismo globalizador.
En La corrosión del carácter (traducido por Daniel Dajmías) nos presenta la transformación interna que produce los nuevos métodos de gestión del capitalismo (precareidad, cambio, incertidumbre). La estructura del carácter (basado en la lealtad, el compromiso, la solidez) se diluye unos supuestos valores (flexibilidad, fluidez, novedad) que acaba produciendo angustia e inestabilidad interna en los trabajadores.
En El respeto (traducido por Marco Aurelio Galmarini ) Sennett parte de recuerdos personales, en este estilo tan propio, para profundizar lo que significa el respeto en una sociedad basada en la desigualdad. Reflexiona sobre el tema del talento, que continuará en los dos libros posteriores en una investigación extraordinariamente fecunda. Y también sobre la incompatibilidad entre respeto y dependencia.
Finalmente La cultura del nuevo capitalismo (traducido también por Marco Aurelio Galmarini) plantea un análisis de la cultura del capitalismo, muy complementario con el de otro grande de la sociología crítica, Zygmund Baumann. Reflexiones muy certeras sobre la burocracia y el capitalismo en relación con el capitalismo. Y también propuestas sobre las que merece la pena reflexionar. La primera es sobre la necesaria reinvención de los sindicatos como una red social de ayuda, más allá de las derivas corporativas. La segunda es la búsqueda de experiencias de empleo compartido. La tercera es la renta básica. Las tres cuestiones son polémicas, sin duda, entre la propia izquierda. Pero vale la pena pensarlas porque justamente lo más necesita la izquierda hoy son propuestas concretas.
Ahora Sennett nos presenta un nuevo proyecto, igualmente elaborado en una tríada de libros, que tiene un carácter complementario con las reflexiones anteriores. Lo que ahora aborda es la cultura material y no el tema de los valores, las actitudes y las conductas, como había hecho ante riormente. Los tres libros son El artesano, Guerreros y sacerdotes y El extranjero, títulos algo desconcertantes pero que Sennett justifica lúcidamente en el prólogo. No deja de resultar curioso que el título del prólogo sea “El hombre como creador de sí mismo”. No será un implícito homenaje a su antiguo y malogrado amigo Michael Foucault, que dedicó la última parte de su obra al tema ? Tanto Sennett como Foucault, desde perspectivas y tradiciones diferentes, representan lo que éste último llamaba “la ontología del presente”. Lugar en el que la sociología cualitativa y la filosofía mundana pueden encontrase en un espacio crítico muy útil para diagnosticar el tiempo en que vivimos y que podría abrir un horizonte en la superación de lo que Wallernstein llama la escisión de la dos culturas, la filosófica y la científica.
Lo que plantea este libro es un elogio del trabajo manual con un estatuto de dignidad propia, en una línea de progreso orientada por la satisfacción del trabajo bien hecho. Pero Sennett combina el sentido restringido de la palabra artesanía con otro más amplio ya que como dice en el prólogo abarca también el trabajo de educar, de ser un ciudadano comprometido, de la paternidad… En el fondo, nos dice, la artesanía responde a un impulso ético de hacer bien las cosas que consideramos importantes. De esta forma introducimos una forma de espiritualidad en la viuda material que se concreta en lo práctico, en lo cotidiano. Y aunque de esta manera podríamos remontarnos a Marx en su reivindicación de la filosofía transformadora y no contemplativa, la tradición que reivindica Sennett, viejo luchador de la izquierda, no es ésta sino la del pragmatismo. Y no sólo reivindica a los clásicos de esta tradición ( James, Pierce, Dewey) sino a otros más actuales como Richard Rorty. Y lo hace a partir de una noción que a mí me parece clave, la de experiencia, que me parece la puerta adecuada para superar el relativismo epistemológico sin caer en el planteamientos dogmáticos.
La artesanía, para Sennett, se basa en la habilidad, en el juicio y en el compromiso. Genera una disciplina que cristaliza en el hábito y la rutina, y aquí reivindica este término como algo que puede ser vivo y rico y no necesariamente pobre y aburrido como solemos pensar. Seguimos así en la misma línea de reivindicación, con alegría y sin complejos, de la lealtad, la disciplina y la autoridad como valores ilustrados que debe reivindicar la izquierda. Porque si aceptamos la hipótesis de que la Modernidad se mueve en la dialéctica entre ilustración y romanticismo es evidente que Sennett defiende la primera opción y desconfía profundamente de la segunda, cosa que le lleva a no utilizar el término creatividad por las connotaciones románticas que tiene. Podríamos decir que Sennett es un crítico radical de lo que Baumann llama la modernidad líquida.
Los análisis de Sennett son siempre sugerentes y brillantes, aunque en ocasiones sólo sean conjeturas y se permita una cierta dispersión por el gusto de entrar en cuestiones asociadas que no tiene tiempo ni espacio para profundizar. Algunos de ellos he de reconocer que tienen mucha gracia, como las referencias al sabio taoista Zhuang Zhi o al tiro al arco en la tradición del budismo zen.
La marca de izquierdas de Sennett aparece sobre todo en dos cuestiones. La primera es en su defensa sin fisuras de la cooperación en contra del individualismo competitivo, al que desmonta como uno de los mitos que supuestamente garantizan su eficacia. La segunda es su larga y profunda reflexión sobre la habilidad y la capacidad como algo básico y común en todos los humanos. Aquí continua con una elaboración teórica muy interesante que ya había inciado en su libro anterior, “La cultura del nuevo capitalismo”. Para Sennett hay que combatir intensamente la moderna ideología de la predestinación que adquiere la forma de determinismo genético y defensa de la excelencia de unos pocos. Lo que hay que buscar, nos plantea siguiendo lo ya planteado por Amaryrta Sen, es el desarrollo de las capacidades de todos los humanos y la competencia para gobernarse a sí mismo y participar en el gobierno de la sociedad en la que vivimos. Veo aquí un buen complemento de las teorías de la democracia radical de Rancière y de Castoriadis.
La habilidad manual, para volver al tema más específico del libro, depende de la motivación y del aprendizaje, ya que la torpeza no es genética sino resultado de la poca estimulación en edades tempranas. Sennett desprecia el elitismo y desconfía del perfeccionismo, por lo que acaba el libro con el buen consejo de que la figura mitológica de Hefeso cojo, orgulloso de su trabajo aunque no de sí mismo, representa el tipo más digno de persona a la que podemos aspirar. la propuesta pasa por el trabajo propio y por la manera como nos creamos a nosotros mismos. Nos aceptamos como algo imperfecto, aprendemos de las dificultades y no caemos en las trampas del narcisismo, tan actual como devastador. Pero no nos engañemos, es una propuesta ética y no estética. Hay que evitar la frustración del obseso perfeccionista que no acepta sus fallos, así como la del competidor compulsivo que no sabe perder. Siguiendo el modelo del viejo artesano el sabio Sennett nos sugiere, con firmeza pero sin paternalismo, que aprendamos de nuestros fallos para mejorar en lo que realmente cuenta, que es el oficio de vivir.
El artesano, de Richard Sennett
(Traducido por Marco Aurelio Galmarini)
Ed. Anagrama, Barcelona, 2009
363 páginas
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